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Una, sólo una canción, tiene ese poder mágico.
Es esa canción que suena sólo una vez, y para siempre.
Entre el brillo frío de la luces se acerca a la barra, buscando algo que lo refresque, que refresque el cuerpo en la noche cálida, y enfríe la fiebre de sus pensamientos, algo que congele su corazón para que deje de latir, de recordar, de sentir. Otra mala noche, otra vez esos juegos histéricos, esas dulces mentiras que no dejan nada.
Acodado en la barra, la noche parece detenerse a su alrededor; ya no quedan muchas personas a esa hora. El ritmo de marcha y la luz negra dieron paso a temas más lentos y a una iluminación tenue. Los ganadores y perdedores de la noche se lleven sus mentiras, compañía, soledad, a la barra, al auto, al hotel, mientras la pista se vacía.
Una breve luz roja la ilumina un momento, y él cree ver que ella brilla con luz propia. No la conoce, pero al verla sabe quien es, cómo es. Ella está bailando lentamente, lejos, casi al centro de la pista. Su compañero le dice una palabras mudas con fondo de música, palabras que no se ven ni se escuchan; la toma del brazo, sonriendo, impidiéndole que siga bailando.
Él ve todo desde la barra, los ojos entornados, sabe lo que viene, otra sonrisa fugaz en la noche, otra felicidad pasajera, más amor sin amar. Alcanza a ver un breve estremecimiento como respuesta, una mirada de costado que dice mucho, un último brillo azul hielo sobre las llaves de un auto, la luz gira y la pareja se apaga.
Ella todavía no alcanzo a olvidar esas palabras, cuando las escucha de nuevo, las mismas palabras, la misma ilusión, las mismas intenciones. Sus mismos deseos, los mismos de todos, su necesidad de estar bien, su necesidad de ilusionarse de nuevo, promesas de amor, cualquier amor.
Ella con su dolor de no querer creer; de no poder creer aún, porque aún le duele haber creído, haber querido.
Duda. Pronto queda sola en la pista, las lleves se pierden por la puerta con un tintineo de haber perdido el tiempo. Ella se queda acompañada por sus dudas, y con ellas se acerca a la barra.
Un golpe en la puerta le hace abrir los ojos, perdidos aún en si mismo, sus ojos vueltos a su corazón, viendo un recuerdo de un sueño que no fue. Mira a su alrededor: Cada vez menos gente, la luz cae aún más, o quizás sea solamente su soledad que apaga todo a su alrededor, la ve a su lado. Ella lo está mirando sin verlo, con gesto ausente, mientras el vaso frente a ella transpira frió. El levanta la mirada, observándola sin palabras, su mundo es ella esa noche, ella con sus pensamientos perdidos en su mundo, él con sus pensamientos perdidos en ella. Una esperanza, esa noche, que no sea sólo una noche más. ¿Por qué se quedó? -le pregunta a su vaso ya vacío-, mientras ella levanta sus ojos y lo ve por primera vez.
El descubre la mirada una fracción de segundo antes que ella vuelva a su vaso, le sonríe, pero ella no lo ve, ya no lo ve, nunca lo vio, realmente. El la ve con nuevos ojos, otra vez el rayo de luz azul está en la pista, se acerca, le sonríe con la mirada, la invita a bailar sin palabras. Están juntos cuando escucha su canción.
Él escucha, siente, piensa: Una noche más, he pasado tanto tiempo, mucho tiempo, tratando que me conozcas, dejarte conocer que siento, y ahora tropiezo y no se que decir. Sólo puedo hacértelo ver, sólo puedo hacértelo saber, sólo esta noche, ser tu compañía esta noche, sólo esta noche, ya no puedo esperar algo más, no puedo esperar para siempre, y aunque no puedo esperar que sea para siempre, no quiero ser una compañía sólo por una noche.
He estado sentado hace tanto tiempo, perdiendo el tiempo, mirándote, mirándote solamente, fijamente, buscando palabras para llamarte. Entonces pensé que no serías solamente otra, que no serías sólo otra en esta noche.
Sólo esta noche, por favor quiero estar contigo, justo esta noche, no quiero, no puedo esperar más: que no sea sólo esta una noche más. Quiero ir contigo esta noche, arrullarte, abrazarte como un río al mar, quiero bailar esta noche contigo, navegar este río de música, acompañarte, y seguirte adonde vas, embarcados en esta música, en esta noche. Sólo esta noche, no me atrevo a pedir mas, sólo una noche más.
Ella recuerda, siente en silencio. Él le habla con la mirada, sus ojos le llenan el corazón de sueños, sus manos la guían en la noche cada vez más vacía, la guían entre recuerdos y desesperanzas, la llevan en una mirada cálida, que le devuelve poco a poco sus fantasías. Quizás sea la noche, la música; las dudas se van poco a poco, cuando suena su propia canción:
Mi cuerpo sólo esta tan frió de tristeza, que nunca más podré bailar si no me abrazas. Quiero cerrar los ojos y soñar en tu hombro, volver a soñar. Soñarte llevándome de la mano hasta el amanecer, nadie sabe, nadie supo acariciarme al bailar juntos como vos.
Quiero volver a soñar entre tus brazos, al ritmo de esta vieja música que no suena más. Recuperar mis ilusiones en tu abrazo, soñar otra vez bajo las estrellas, en esta noche, dejarte llevarme de la mano hasta mis sueños, y amanecer juntos de ilusiones compartidas.
Él la miró al tiempo que se apagaba la última nota, se apagaba la última luz y se encendían las estrellas, las vio reflejarse en sus ojos, y supo que no sería sólo una noche más. Un murmullo en su oído, y ella supo al mirarlo, con los ojos empañados de estrellas, que él la acompañaría hasta ese amanecer de sueños que ilusionaba.
Un murmullo, una noche, y una canción.
Pablo M. Brión
sábado, 22 de diciembre de 2001, 10:09 p.m.
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