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Conocerla era quererla. Años de conocimiento podían llevar al amor.
El amor la conoció temprano, y la abandonó lentamente, y produjo el cambio. El cambio no fue aparente, aunque si gradual. El cariño se hizo atracción, la atracción se llenó de encanto, y el encanto alcanzó la seducción manifiesta.
Ropa sensual al ir a bailar, ambiente con luces suaves, y esa mirada de gata acechando un ratón, casi sus características. Se hizo peligroso estar a su lado, no se sabía como iba a reaccionar en cada situación, en cada momento. Una palabra tierna podía esconder un juego, y el juego sólo histeria. Locura de quien juega a amar sin querer, con deseo de ser amada por todos, o por cualquiera; todo el tiempo, toda la noche. Pero sólo por un tiempo, sólo algunas noches. Nada es para siempre sin amor.
Quizás no haya sido sólo su locura, su provocación. Era capáz de provocar locura a su alrededor, era enloquecer de deseos en su presencia.
Y es que algunos cuentan, que el amor y la locura van siempre de la mano.
Pablo Brión
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Una noche en la ciudad
Vuelvo caminando como todos los miércoles,Avenida Corrientes derecho y al sur. Linyeras y chicas y chicos tomados de la mano, Un flaco me alcanza y me pide unas monedas. Subieron la tarifa, me pidió 50 centavos, antes pedían 20. Bueno, que se puede hacer hoy con 20 centavos.
Camino unas cuadras, En la entrada de un teatro vacío y cerrado, ya a obscuras, dos flacos venden papelitos con poesía. Papeles de poesía remendada, como su ropa. Y una mirada limpia de orgullo cuando agarro uno.
- Tome don, elija el que quiera, me da lo que pueda - sonaba la voz entre ansiosa y esperanzada-.
- Me llevo este - y la mirada me acompaña -.
Paro a dos pasos y lo vuelvo a abrir, leo la segunda. Siento la mirada.
Levanto el brazo, y le hago Ok con la mano. Me despide una sonrisa.
Silencio
Rodeado de camas, camino en silencio. Son casi las tres y media de la mañana, y falta poco. La habitación a obscuras y la lucecita roja de la radio que suena muy despacio con un tono apagado, las persianas entreabiertas no dejan entrar la noche, y el susurro de los árboles se apaga contra los cristales, como se apaga una vida. En silencio.
Todo fue un gran accidente, yo acá, ellos. Pronto vendrá el relevo. A resucitarlos.
En las camas todos muertos, casi sin respiración, sin movimiento. Camino entre ellos hasta la puerta, la radio casi se apaga. Una sombra se aferra al picaporte, la noche termina y empieza.
Vacaciones
Mar del Plata, después de un verano en Brasil, de arena y risas, vengo a caer en la perla desteñida del Atlántico. Estoy solo, como siempre, para una distracción de cuatro días de calor, casino y señoras apretujadas en mallas floreadas y pasadas de moda, pibes que corretean y alguno que se pierde. Encima al boludo lo aplauden.
¿Qué hago acá?
Vivo.
Vivo una sola noche mágica de luna llena, muchos recuerdos y un olvido inolvidable.
La reunión familiar
Nos reencontramos de pronto en la puerta de edificio. Con mi hermana esperábamos nerviosos, ya habíamos tocado el timbre, y mientras bajaba mi tío a abrir se presentaron de golpe a nuestras espaldas. No podían ser otros, y nosotros tampoco. Por el tiempo pasado yo era el único reconocible y reconocedor de los cuatro, al verlos juntos la sorpresa fue doble. Con y sin barba antes, un antes y un ahora, y yo no me veía y era lo mismo en mi.
No hubo palabras cuando bajaron a abrir, ya estaba todo dicho en un abrazo; el asombro de mi tío y los primos todos juntos y éramos solo cuatro de los seis. Once años sin vernos, después de la muerte de mamá, y conversamos y nos recriminamos de juegos y aventuras pasadas como si hubiera sido ayer.
Un día de trabajo
El trabajo fue levantarme, ya de entrada, y me mató para el resto del día. Para colmo a la lluvia se le ocurrió mojarme al salir, como si para empezar hubiera sido poco bañarme dormido.
El colectivo, el tren, el subte, tres sanos métodos de adelgazar comprimido por la gente y por las 8 de la mañana, estoy seguro que esta hora viene dietética. El subte, paisaje y pasaje urbano se transforma en improvisado sauna; salgo a al lluvia otra vez y completo la sesión de hidromasaje. Entro a la oficina mojado, cansado, con frío y transpirado. Me siento, el monitor está caliente de estar prendido toda la noche, esperando.
Pelea
Nos encontramos en la plaza, y aún no sabía, o no quería saber, el por qué deseo verla.
Los argumento y los hechos estaban en mis manos, y no los soltaba, aunque el tono frío e irónico de mi voz la había puesto en guardia para lo que venía. Pero no estaba preparada.
Eso y la extraña frialdad en el ambiente - un ambiente de eterna conversación cálida y dulce-, se sumaban a su complejo de culpa. Y no tenía la culpa, al menos ante mi, y el ataque llegaba de mis manos, de mis palabras, de mi mirada. Unas manos sin abrazos, sin caricias; palabras mentales, calculadas; una mirada que sólo veía un imperdonable silencio, y miraba lejos de ese silencio como una mentira. Una mentira cercana, esa mentira sobre mí.
Y al encararla no se atrevió a negarlo, por no mentirme.
Pablo M. Brión
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