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La Dama blanca de la noche
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La vislumbré al entrar por la puerta de la posada, entre penumbras, al brillo de las llamas de la chimenea. Todos la vimos entrar, todos la reconocimos.
Mil historias se hacían sobre ella, mil historias fantásticas, casi todas verdaderas. Su fama de hechicera la precedía. Cruzó el umbral como un fantasma pálido, húmeda de rocío nocturno su negra capa; alta, majestuosa en su poder, fascinante en su belleza.
Se hizo un profundo silencio a su paso.
La rodeaba una indefinible sensación de frío, de noche helada, de soledad y misterio. Tomó asiento en una mesa en un rincón del salón. Estaba ahora frente a mí, que sentado en la sombra al otro extremo podía observarla. Parecía demasiado joven para irradiar tanto poder.
Lo que más destacaba en ella era su largo pelo negro, que enmarcaba su rostro pálido: parecía moverse con voluntad propia mostrando u ocultando su bellos ojos y su peligrosa mirada. Sus ojos ,negros como la noche, brillaban con luz propia. Podía verse su brillo en la penumbra, cálido y helado, aún de espaldas a las llamas.
Nadie se atrevió a acercársele. Incluso el inmenso posadero escondía cuanto podía su enorme cuerpo detrás del mostrador, desviando la mirada en respetuoso temor.
Ella no esperó. Se levantó con un movimiento fácil, felino, sin reflejar sorpresa por la desatención. Con suave gracia caminó hacia la barra. Tomó con movimientos exactos y elegantes la copa y la botella, y regresó a su mesa. Aún caminando era como si flotara.
Fue al sentarse cuando miró a su alrededor, y me descubrió semioculto en una esquina, una sombra dentro de otra sombra.
Su gesto no admitía replica. Crucé la habitación, fascinado por su mirada, mientras todas las miradas se fijaban en mi, entre la pena y la envidia.
Ella no dejaba de mirarme. Sus ojos se hicieron brevemente cálidos al preguntar mi nombre, con un susurro apagado de voz dulce y firme, un susurro profundo como el mar. Y en ese mágico momento supe la verdad; su secreto de profunda pena y soledad profunda que escondía su mirada helada y sin alma, su destino de misterio y poder, y la oculta causa de su triste sonrisa.
La Dama blanca de la noche obscura descubrió su secreto viéndolo en mis ojos, oculto en mi mirada de temor y compasión. Levantó su vara plateada, brillante como la luz de las estrellas, y dijo solo tres palabras.
Dejé de ser.
Pablo Brión
Martes 08 de Marzo de 2001
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Anteúltima
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-: Hola Pablo ¿Cómo estás tanto tiempo?
-: Como siempre. ¿Vos, qué tal?
-: ¡Bien! Me saqué de encima un par de problemas. Se me juntaron quilombos en el trabajo, míos personales,... -siguen veinte minutos de monólogo.
-: ¿Ahora todo bien?
-Con una sonrisa-: Si.
(Silencio)
-: Pablo, no me contás nada. ¿Qué hiciste el fin de semana?
-: Nada. ¿Vos?
-: ¡No sabés! Salí el viernes y conocí a alguien... bueno, como puedo decirte, muy especial. En realidad esto viene así: Yo el miércoles -sigue la narración de la última semana, con reseñas a semanas anteriores. Mas de media hora.
-: ¿Y ahora que pensás hacer?
-: Y, no sé. Vine también por eso, a ver vos que me decías.
-: Eso depende de lo que vos quieras, de lo que vos sientas...
-: Decime Pablo: ¿A vos nunca te pasó algo así?
-: Ya no me acuerdo.
-: ¿Y con esa chica (nombre), qué onda?
-: Ninguna.
-: Se los veía bien.
-: Si. Era de las últimas personas que me lograba hacer reír.
(Silencio)
-: Pablo ¿hace cuanto que no te reís?
-: Me sonreía recién cuando contabas lo que paso el domingo en la otra fiesta...
-: No. Sonreír no. ¿Cuándo fue la última vez que te reíste?
-: No me acuerdo.
-: Pablo ¿qué te pasa? ¿qué te pasó?
-: Nada. ¿Por?
-: No parecés el mismo, no sos el mismo ¿qué le pasó al Pablo que yo conocí, el que se reía, el que tenía brillo en la mirada?
-: Nada
-: No sos vos. ¿Qué te pasó, Pablo?
-: El qué vos conocías se equivocó. Se equivocó hace tiempo. Dos veces, tres veces. No me gustaba recordarme equivocado, así que quise cambiar.
Empecé a cambiar todos los detalles que me recordaban mis errores cada vez que los veía. La sonrisa no tardó en morir, pronto no hubo nada que me la provocara. Después de eso, el brillo de los ojos se apagó fácilmente. Las ganas de salir y divertirme fue de lo primero en morir: Total, no tenía con quien salir. Me fui cansando de dar todo sin nada a cambio.
Quedaban aún algunas cosas: Levantar la cabeza, mirar de frente, mirar a los ojos. Fui despacio, eliminando una cosa por vez. Era sólo cuestión de estrategia y lógica. Así preparé un ataque final: Al morir mis sueños, mis ilusiones, nada resistió mucho más -sin emoción-:La risa se había terminado.
:- Esperá ¿yo donde estaba?
:- En tus cosas, como todos. Algunos se acercaron, pero no supieron reconocer que pasaba. El otro Pablo fue desapareciendo de a poco: el brillo en los ojos, la forma de caminar, las miradas, los besos. Todo.
Ahora ya no está el que cometió tantos errores. Mejoré.
:- A esos errores les llaman vivir...
-Cortante-: No. Son errores. No tolero tantos errores. Menos en mí.
:- No me gusta. No sé quien sos, si puedo confiar en vos. Quiero que vuelva el Pablo de antes, el que conocí hace tiempo
:- Ya no está. Cambio. Cambie. No me acuerdo como era antes. Y aunque quisiera acordarme -que no quiero-, ya no recuerdo. Junto con ese que era, fui olvidando a las personas que lo conocieron, se fueron perdiendo, fui dejando de llamar y la mayoría nunca llamó. Quedás vos y alguna persona más. Tampoco hay nuevos, no conocí nueva gente, y a los que conocí no se quedaron conmigo. A la gente no les gusta que les hables de frente, que les digas la verdad.
Puede ser que este Pablo tampoco sirva, como el anterior.
:- Si que servía. Era mi amigo.
Vos no decís las cosas de frente: las decís sin sentimiento, sin alma. Quiero que vuelva el Pablo que conocí.
:- Es tarde. No queda nada. Ya te dije que eliminé los detalles, hasta que sólo quedó lo común, lo de afuera, la cáscara. Ya no está.
Por decirlo de alguna manera, lo maté.
-Con bronca y con tristeza-:No. Vos no merecés estar en su lugar. Vos también vas a morir... -Se acerca con decisión.
:- ¡Esperá! -el valor quedó en el otro.
Te digo la verdad, entonces: Pablo no murió. Sólo está encerrado. Queda tan poco de él que no tiene fuerzas para luchar, perdió las ganas. Lo vencieron la tristeza, la desesperanza, la desilusión, la soledad. Ahora quedo yo, antes era sólo parte de él, oculto. Ahora soy el único que queda para dar la cara. Soy todo.
:- No sos nada. Nada comparado a él.
:- Pero no me podés hacer nada. Soy más fuerte ahora. Y si yo muero, Pablo muere conmigo.
Ya es tarde, no queda con qué comparar.
:- Tiene que haber un camino...
:- Los caminos se cerraron hace tiempo.
:- Una salida, algo.
:- Nada
:- ¡Volvé!, volvé a ser vos. Por favor...
:- Es tarde. Hace poco tiempo, aún una lágrima, una sonrisa, pudieron cambiar todo. Ya no río ni lloro.
:- Estás vacío.
:- No. Si.
:- Pablo ¿qué te pasó?
:- Nada. Eso: nada.
Fin.
Pablo M. Brión
Viernes, 03 de agosto de 2001, 12:41 a.m
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Fragmentos...
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Pienso en ti, dulce dama de anoche. Te presentaste en mi sueño, casi temblaste de emoción al besar mis labios, y yo sentí el sabor del encuentro de almas que se buscaron durante milenios.
¿De qué estrella del firmamento viniste a obsequiarme tu boca?
¿Por qué esta penetrante sensación de haberte conocido antes?
¿A quién me recuerdas?
de Alas, Enrique Barrios - Cuentos de Amor, Estrellas y Almas Gemelas |

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Estaba lloviendo, pero yo no me di cuenta hasta que llegué a mi cuarto tiritando. Hasta aquel pobre vaso en que revolvía el venoral tenía rajado el vidrio. Y la idea estúpida iba creciendo: "¿Por qué una noche sola...?¿Por qué no dormirlas todas de una vez?" Algo muy hondo se rebelaba dentro de mi sangre mientras volcaba dentro del vaso el tubo entero; pero ni un clavo donde agarrarme; ni un recuerdo, ni una esperanza... Una mujer terminada antes de empezar. Había apagado la luz y sin embargo cerré los ojos. De repente sentí como una pedrada en los cristales y algo cayó dentro de mi habitación. encendí temblando... Era un ramo de rosas rojas, y un papel con una sola palabra "¡Mañana!" ¿De dónde me venía aquel mensaje? ¿Quién fue capaz de encontrar entre tantas palabras inútiles la única que podía salvarme? "Mañana". Lo único que sentí es que ya no podía morir esa noche sin saberlo. Y me dormí con la lámpara encendida, abrazada a mis rosas, ¡mías!, las primeras que recibía en mi vida... y con aquella palabra buena calándome como otra lluvia: "¡Mañana, mañana, mañana...!"
Los árboles mueren de pie. Acto primero; Alejandro Casona
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"En medio de ese clamor, apareció el rey. Montaba un caballo blanco como la nieve; de oro era el escudo y larga la lanza. A su diestra iba Aragorn, el heredero de Elendil, y tras él cabalgaban los Señores de la casa de Eorl el Joven. La luz se hizo en el cielo. Partió la noche.
- ¡Adelante, Eorlingas!
Con un grito y un gran estrépito se lanzaron al ataque. Rugientes y veloces salían por los portales, cubrían la explanada y arrasaban a las huestes de Isengard como un viento entre las hierbas. Tras ellos llegaban desde el Abismo los gritos roncos de los hombres que irrumpían de las cavernas persiguiendo a los enemigos. Todos los hombres que habían quedado en el Peñón se volcaron como un torrente sobre el valle. Y la voz potente de los cuernos seguía retumbando en las colinas.
Avanzaban galopando sin trabas, el rey y sus caballeros. Capitanes y soldados caían o huían delante de la tropa. Ni los orcos ni los hombres podían resistir el ataque. Corrían, de cara al valle y de espaldas a las espadas y las lanzas de los jinetes. Gritaban y gemían, pues la luz del amanecer había traído pánico y desconcierto."
Las dos torres, J R R Tolkien - El señor de los anillos
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